Cómo manejar las rabietas: Entrevista con Ramón Soler, psicólogo.

A partir de los dos años empiezan, en ocasiones antes, y te superan. Conocer qué son, porqué se producen, nos ayudan a tomarlas de otra manera. Desde Nace una Mamá Vivian nos regala esta magnífica entrevista.

Ramón Soler

Hace unas semanas, cuando escribí este post acerca de las rabietas, sentí que me había quedado corta. Por eso decidí entrevistar a Ramón Soler Romero, psicólogo, especialista en psicología infantil y en psicología perinatal, así como en autismo e hipnosis clínica, y experto en Terapia Regresiva Reconstructiva. Ramón tiene su consulta en Málaga y,  junto a su compañera Elena Mayorga Toledano, escritora y especialista en terapia de guiones psicoeducativos para niños, escriben y dirigen la excelente revista Mente Libre, que recomiendo de todo corazón, dedicada principalmente a la importancia del periodo uterino y la primera infancia, así como a la crianza respetuosa.

Ramón y Elena son además padres de una niña que está en plena edad de rabietas, así que quién mejor que él para hablar del tema ;)

  • ¿Por qué se producen las rabietas en los niños pequeños?

Hasta los dos años, aproximadamente, el bebé tiene una conexión total con la madre, siente a través de ella y vive como si ambos formaran parte de una única entidad (madre/bebé). Alrededor de los dos años de vida, el niño empieza a reconocerse como un ser independiente, separado de su madre. Empieza a darse cuenta de que su cuerpo es distinto del de su madre, aparece la palabra “yo”, ya ha aprendido a reconocerse frente al espejo e, incluso, puede desear algo distinto de lo que desea su madre.

A partir de ese momento, pueden darse situaciones en las que los deseos del niño no coincidan con los de sus padres. Cuando el niño quiere hacer algo, pero sus padres tienen otros planes, siente una lógica frustración. También nos sucede a los adultos cuando queremos hacer algo y no podemos. La diferencia es que nosotros tenemos medios para descargar o comunicar esa frustración, pero la mayoría de las veces, los niños sólo tienen la rabieta como medio de comunicarse.

Si nos ponemos en la piel del niño, debe ser tremendo desear hacer algo con todas tus fuerzas, tal y como sienten los niños, no poder hacerlo, no poder explicar lo que queremos y, encima, que nos impongan algo distinto sin darnos ninguna explicación. Así, cualquiera tendría una rabieta.

  • ¿Se pueden prevenir las rabietas?

Ante todo, debemos entender que las rabietas son muestra de la evolución normal del niño. No son algo malo que debemos eliminar, sino una señal de que la personalidad de nuestro hijo se va desarrollando de forma correcta. De la misma manera que no podemos pretender que un bebé controle esfínteres a los cinco meses, en el tema de las rabietas, no podemos eliminarlas.

Lo que sí podemos hacer es poner los medios para que las rabietas no sean tan frecuentes ni tan intensas como suelen ser. Para lograr esto, el trabajo no empieza cuando el niño tiene dos años, sino mucho antes. Uno de los campos donde podemos incidir para minimizar las rabietas es en la comunicación.

Little Red Curiosityphoto credit: Barkaw

Durante un tiempo estuve trabajando con niños autistas junto a uno de los mayores especialistas de España. Una de las cosas más importantes que aprendí durante esos años fue que el mejor método para reducir las rabietas de estos niños era dotarles de medios para poderse comunicar. Cuanto más podían expresar lo que querían, menos rabietas tenían. Utilizábamos cualquier sistema para que pudieran comunicarse. Algunos, mediante palabras, otros mediante gestos y, si el nivel que tenían era más bajo, utilizábamos tableros con imágenes para que las pudieran señalar. El objetivo era dotarles de algún medio de expresión.

Este mismo principio funciona con todos los niños, no sólo con los autistas. Desde muy pequeñitos, debemos potenciar cualquier manera de comunicación. Aunque todavía no hablen mucho, pueden aprender algunos gestos para complementar el lenguaje. Las posibilidades de comunicación son mucho mayores si dice cuatro palabras y maneja 6 gestos que si sólo tuviera las cuatro palabras. A medida que mejoren la articulación, los gestos se convertirán en palabras, el niño tendrá mucha más capacidad de comunicar lo que le pasa y, además, estará más acostumbrado a expresarse y a ser escuchado. Cuando llegue a la etapa de las rabietas, será mucho más fácil entender lo que quiere y poder hablar con él cuando no sea posible concedérselo.

Para completar este tema, me gustaría comentar que los niños vienen al mundo programados para absorber y aprender el lenguaje como si fueran esponjas. Necesitan un buen modelo para que ese aprendizaje sea lo más completo posible. Podemos hablarle a los bebés de manera natural, como hablamos con un adulto. Ellos entienden todo lo que decimos (y también lo que no). Cuanto más hablemos con ellos ofreciéndoles un modelo correcto, mejor y más rápido adquirirán el lenguaje. Les podemos hablar en tono cariñoso, pero no como si fueran tontos. Aún me sorprendo cuando veo a padres o abuelas hablando con niños de 2 ó 3 años con el típico “lenguaje de bebés”, ¿cómo van a aprender a hablar bien si les hablan como si fueran bebés? Cuando los adultos queremos aprender un idioma nuevo y viajamos a otro país, queremos que nos hablen bien. No aprenderíamos nada si nos hablaran en modo “tarzán”, con frases cortas y vocabulario reducido; pues a los niños les pasa lo mismo.

Colour bobble hatphoto credit: Barkaw

  • ¿Cuál es la mejor forma de actuar frente a una rabieta?

En primer lugar, debemos poder reconocer los signos que nos anticipan la rabieta. Si prestamos atención, siempre hay un gesto de desagrado o un “no quiero”, antes de que se desborde todo. En esos momentos, debemos poder parar y preguntar qué es lo que quiere, qué le pasa. Si hemos trabajado el tema de la comunicación desde que son muy pequeñitos, como comenté antes, entenderemos mejor lo que quiere y podremos evitar muchas rabietas.

Luego, debemos preguntarnos si es posible que haga lo que está pidiendo, ¿Es algo peligroso para él? La mayoría de las veces, los conflictos se deben a la propia rigidez de los padres, a los condicionamientos que tuvimos en nuestra infancia. Queremos que se termine el plato de comida que le hemos puesto, pero quizás era demasiada comida y su estómago ya está lleno. La mayoría de las rabietas se producen porque no escuchamos lo que nos está diciendo el niño, con sus palabras o con su comportamiento. La crianza de un hijo debe servirnos para cuestionarnos muchas de las ideas que nos inculcaron de pequeños.

Obviamente, no siempre podrá hacer todo lo que quiere. No podrán meter los dedos en el enchufe o jugar con cuchillos, pero no deberíamos cargarles con limitaciones que no sean suyas, sino nuestras. Cuando no sea posible hacer lo que quiere, debemos explicarle de manera clara los motivos y ofrecerle alguna alternativa.

Mantener la calma es otro de los factores imprescindibles. Imaginemos la rabieta como una espiral de tensión. Si nosotros nos estresamos cuando el niño se frustra, lo único que conseguimos es añadir más tensión a la situación y prolongar la rabieta. No debemos tomar las rabietas como un ataque personal, sino como un paso que el niño tiene que dar para afianzar su identidad.

Para los padres, cada fase de la crianza es una oportunidad para mirar hacia dentro y conectar con partes nuestras que debemos sanar. Si la rabieta nos perturba y nos provoca tensión, debemos entender qué nos está tocando de nuestra propia historia, de cómo nos trataron a nosotros cuando fuimos pequeños. Sé que esto es difícil de hacer, pero es la mejor manera de que la fase de las rabietas sea solamente eso, algo pasajero, y no se cronifique y se convierta en algo más grave.

  • ¿Qué ocurre cuando ignoramos a un niño que tiene un comportamiento inadecuado?

Esa es una técnica del conductismo, una de las muchas escuelas de psicología. La idea es que si dejamos de premiar la conducta que queremos eliminar, será menos probable que aparezca. Es lo que se llama castigo negativo, es decir, quitar un premio para que el niño deje de hacer algo que no queremos que haga. Se utiliza mucho en el entrenamiento de animales. Por ejemplo, si estamos jugando con un perro y nos muerde sin querer, daremos por terminado el juego. De esta manera, el perro aprende que, si quiere jugar con nosotros, deberá tener cuidado con la fuerza de sus mandíbulas para no mordernos. Es algo que funciona a corto plazo, pero que puede tener unas consecuencias gravísimas a largo plazo, sobre todo con los seres humanos.

WinterThaw2011-Feb19 026photo credit: DebMomOf3

En el caso de los niños y los comportamientos “inadecuados” (siempre desde el punto de vista de los adultos) el “premio” a quitar es la atención de los padres. Y esto es algo muy peligroso, porque estamos condicionando el cariño de los padres a tal o cual comportamiento.El problema (que lo hay) es que le transmitimos al niño el mensaje de que si quiere el cariño y la atención de sus padres, tendrá que plegarse a sus deseos (a los de sus padres). Sólo me prestarán atención si hago lo que ellos me dicen. Si quiero que mis padres me quieran, deberé dejar a un lado mi creatividad y mi espontaneidad. También relacionado con esto, aprende que sus opiniones no serán tenidas en cuenta. Como el niño desea con todo su corazón que sus padres le presten atención y le cuiden, hará cualquier cosa para conseguirlo, aunque eso signifique sacrificar su creatividad y dejar de hacerle caso a su intuición.

Lo que debemos hacer es justo lo contrario, prestarle atención, escuchar qué es lo que quiere, cuáles son sus motivos.

  • A menudo se aconseja a los padres que nunca deben «ceder» a los «caprichos» de sus hijos, que deben «imponerse», o de lo contrario los niños se convertirán en unos «malcriados». ¿Cuál es tu punto de vista sobre esto?

Este es un malentendido muy generalizado de la sabiduría popular. Cualquier desconocido de la calle se permite decirnos cómo debemos tratar a nuestros hijos. Yo creo que esto se debe a que no somos capaces de ponernos en el lugar del niño y lo interpretamos desde el punto de vista de los adultos.

Los adultos sí que chantajeamos y pedimos cosas para fastidiar al otro. Los niños NUNCA piden algo que no necesitan o que no es importante para ellos.

Lo que sucede es que, si no han tenido el cariño y la atención que necesitan en sus primeros años de vida, los niños aprenden a desplazar sus necesidades a objetos sustitutivos que le proporcionen el calor que necesitan. De pequeños se conformarán con el peluche, luego con la videoconsola o con otros juguetes.

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