No todos los niños son kamikazes

¿Hay que “redecorar” la casa entera para hacerla más adaptada al bebé?, ¿es mejor readaptarla o hacer que el niño aprenda a medir sus posibilidades? Habichuelas mágicas es un blog sobre maternidad desde el que tomamos este interesante texto, sobre el que no puedo más que reflexionar.

Mi casa no está tuneada a prueba de bebés. ¿Por qué? Por el principio básico de: “primero observa”. Desde el embarazo, nos bombardean con ideas materiales que acabamos creyendo imprescindibles; puedes echarle un vistazo a este post para ver algunos ejemplos de cosas que crees que debes comprar, pero no.

Y cuando van creciendo, más de lo mismo. Creo que con la seguridad pasa un poco eso. Resulta que existen un montón de cachivaches para la “seguridad de bebé”, cierres para el váter, para la nevera, para los cajones, tapas para los enchufes, vallas para las escaleras… Pero yo tengo mi propia teoría: si llenas la casa de tapones, cierres y vallas, ¿qué pasará cuando no los haya? Yo creo que es mejor saber dónde está el peligro y aprender de él.

Escaleras

Cuando Niobe empezó a gatear, todo el mundo nos daba la brasa con las escaleras. Que si qué peligro las escaleras, que si hay que poner una valla en las escaleras… y al final, para no oír a la familia con sus malos presagios, compramos una valla. Que como tantas otras cosas acabó siendo un engorro y sólo sirvió para desconchar la preciosa pintura verde pistacho de la pared.

Reconozco que Niobe es prudente, y desde que empezó a gatear, corría de un lado a otro, pero siempre se paraba cuando llegaba a una escalera o un abismo cualquiera. Y lo mismo desde que camina. Mira hacia abajo como si estuviera visualizando la caída. Se queda a una distancia prudencial del borde, espera a que llegues y alza su manita para que la cojas. O como mucho, se da la vuelta, pone sus manitas en el suelo y baja a cuatro patas. Evidentemente, siempre observo. Nunca la dejo sola cerca de las escaleras. Pero dejándola experimentar con ellas, ha aprendido a dominarlas y respetarlas. Aunque también es verdad que hay niños que no le temen a nada, y van por ahí tirándose en plancha por el mundo como si estuviera hecho de colchón. Y no. Suele pasar que las baldosas hacen pupa.

Enchufes

Los enchufes dan mucho miedo porque las consecuencias que traen los accidentes eléctricos son bastante graves. Sé que existen tapas para los enchufes, y aunuqe no sé cuan sofisticadas serán hoy en día, tengo vagos recuerdos de mí misma de niña jugando a poner y quitar las tapas de los enchufes, así que no parece tener mucho sentido. En casa tenemos calefacción eléctrica, por lo que todos los enchufes que están al alcance están ocupados por los radiadores. Una vez me pasó algo que me dio una valiosa lección: los niños repiten. Estaba yo pasando la aspiradora y como no me llegaba el cable hasta donde estaba, me dio por desenchufar uno de los radiadores y enchufar la aspiradora allí. Pues ya está, Niobe corriendo a tirar del enchufe. Nunca les había prestado ninguna atención, hasta que me vio a mí tocarlos. Solucioné el problema tapando la toma de corriente con su enchufe de radiador correspondiente, pegándolo con precinto y no tocándolo nunca más. Y así están todos los enchufes de los radiadores, insertaditos en sus tomas y bien precintados. Y siempre que tengo que enchufar cualquier cosa, me aseguro bien de que nadie me mira. Los enchufes han dejado de ser interesantes.

Cantos

Otra cosa que siempre preocupa a cualquiera que esté cerca de un bebé que camina o gatea a lo loco y sin parar, son los cantos de estantes y mesas. En casa, la mesa de comer es redonda y la mesita de centro tiene los picos redondeados. Ló único peligroso era una estantería que cuelga de la pared , que enseguida me ocupé de forrar con esponjas de colores. Ahora tenemos una estantería segura y además divertida.

El fuego

También llegué a plantearme poner una valla alrededor de la chimenea. Está cerrada, pero la temperatura que alcanzan el cristal y el hierro fundido es lo suficientemente alta como para quemarte las manos si la tocas. Pero el espacio lo hizo inviable y de nuevo no limitamos a esperar y observar. Entonces redescubrí un comportamiento básico de todo bicho viviente: el miedo al fuego.  A Niobe le gusta mirar el fuego. Ahora ya no le hace mucho caso porque se pasó la novedad, pero al principio fue como algo mágico. Observaba las llamas, le gustaba el calorcillo que desprendían, pero de alguna forma instintiva, sabía que si se acercaba demasiado, ese calorcillo podía convertirse en dolor. Supongo que siempre hay un punto en el que el calor de las llamas empieza a ser incómodo y dar mal rollo.

Adiestramiento

No soy de esa clase de madres que siempre está diciendo, “no toques  eso, no comas eso, no ensucies eso, no, no, no…” ya sea por un miedo excesivo a que el niño se haga daño o por no querer que se desordene la casa. Soy bastante permisiva, incluso demasiado para algunos, pero sí que hay ciertos límites que hay que poner por seguridad, y como dije antes, creo que es conveniente entender lo que es el peligro y saber dónde está en lugar de esconderlo.

Mi caso fue bastante curioso y ocurrió por casualidad. El fuego fue mi aliado. Estaba Niobe en casa de su abuela, mi madre, que tiene una estufa de leña. Y cuando hizo eso de quedarse mirando el fuego, mi madre dijo algo así como “O Wéte té”. No tengo ni idea de como se escribe, pero suena más o menos así, divertido. Es una palabra bubi, su lengua materna, cuya traducción más aproximada sería “algo peligroso a lo que no hay que acercarse”.

Un día, no recuerdo qué quería hacer, pero por contexto deduzco que nada bueno, le dije: ¡O Wéte té!, porque se lo había oído decir a su abuela. Y Niobe al oirlo, se dio la vuelta sin rechistar y se distrajo con otra cosa. Su padre y yo nos sorprendimos mucho de que la orden le hubiera quedado tan clara y la obedeciera a la primera y sin protestar, cuando tantas otras veces le habíamos dicho”¡NO!” y ella se asustó y rompió a llorar. Supongo que será porque es una palabra divertida, que pronunciamos sin saber muy bien qué significa, en cambio NO, es seco, rotundo, y al entender su significado, también la pronunciamos con más severidad. También creo que Niobe enseguida entendió esa palabra y su significado, porque de alguna forma, asoció la palabra al instinto animal de no acercarse al fuego. Aunque, como todo, no siempre funciona ya tan bien como las primeras veces.

Pero en fin, todo esto es una vivencia muy personal que no me atrevería jamás a convertir en consejo. Cada niño es diferente y también un mismo niño puede pasar por diferentes etapas, unas más tranquilas y otras más destructoras. Como siempre, somos los padres los que deberíamos adaptarnos a las necesidades de cada niño y poner los medios y remedios necesarios. Nosotros por ejemplo, alardeamos de tener el tema escaleras controlado (cosa que no tiene ningún mérito porque en casa hay un montón de escaleras), pero no hay respeto alguno por los coches (lo adivinaste, donde vivimos no hay coches). Al salir de casa paseamos libremente por nuestra calle, con el perro correteando por ahí, y no hay forma de hacer entender a Niobe que cuando se baja al pueblo o a la ciudad no puede uno bajarse de las aceras porque pasan coches, los coches atropellan y no es divertido. Pero nada, ella sólo quiere soltarse de la mano y salir disparada. Así que cada cual debe adaptarse a su mundo e ingeniárselas como le sea más práctico. Yo por mi parte, empiezo a plantearme comprar una correa.

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