Casas seguras, camas seguras

El colecho es sin duda la opción más cómoda para la madre, sólo hay que seguir unas pequeñas recomendaciones para asegurarse que dormir con el bebé va a ser seguro. Desde Ser Mamás

Escrito por Irene Garcia

colecho

Hoy, aprovechando que tenía la cama hecha – cosa que no sucede todos los días – y que Tarkus Kids tiene en marcha la VI Edición del Carnaval de Blogs de Educación Consciente y Crianza Respetuosa con el tema “Casas aptas para niños” os comento un poquito sobre colecho seguro.

Dormir o no con el bebé es una cuestión cultural.

Dormir con el bebé es bueno para ambos, principalmente si das el pecho el colecho tiene un beneficio claro sobre la duración de la lactancia, pero si no lo haces, dormir con tu hijo también es una buena opción y no sólo porque se descansa más, sino porque es dulce y tierno despertarse con besos pequeños y sonrisas sin dientes. Dormir con mis hijas ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en la vida, creo, sigo disfrutándolo y es un buen apaño para nuestra familia.

Según Margot Sutherland, investigadora británica y autora del libro “La Ciencia de Ser Padres” que trata de recopilar toda la evidencia científica relacionada con la crianza corporal (término acuñado por Ileana Medina que he decidido adoptar para siempre) los niños han nacido para dormir con sus madres hasta más o menos los cinco años. Sutherland llega a esta conclusión mediante la observación directa de otras civilizaciones humanas, tanto actuales como pasadas y a través de recopilaciones de estudios científicos, principalmente estudios de neurología del desarrollo. El padre es opcional, sobre todo al principio, aunque siempre viene bien ;)

Igual que cuando compras una cuna o un moisés te aseguras de que cumpla con las normas de seguridad que especifican organismos especializados, el colecho es seguro si se cumplen ciertos requisitos. Los referidos a tí: que no seas fumadora (si has fumado durante el embarazo o fumas has de evitar el colecho durante las primeras 9-12 semanas de vida de tu bebé), que no tengas una obesidad exagerada (si estás gordita y sobre todo después de un embarazo lo estarás no pasa nada), que no estés bajo los efectos del alcohol u otras drogas que mermen tu consciencia y que no estés terriblemente agotada son los únicos requerimientos para practicar un colecho seguro.

Además de eso hay otro tipo de medidas que debes tomar si vas a dormir con tu bebé: no hacerlo en un colchón de agua o que se hunda mucho, no dormile sobre mantas mullidas o almohadas, no dormirte con el bebé en el sofá, no llevar lazos larguísimos en el camisón o pijama y no poner un montón enorme de mantas. Todo bastante fácil. Estas normas se aplican tanto al colecho habitual como al colecho esporádico – casi todo el mundo mete al bebé de vez en cuando en la cama y son estos casos los más peligrosos, puesto que las medidas de seguridad se relajan al no ser una práctica cotidiana.

El útlimo grupo de medidas se refiere a la compañía. Los bebés muy pequeños no deben compartir cama con hermanos o niños mayores, porque éstos no tienen consciencia de las dimensiones espaciales de su propio cuerpo. Si tu hijo mayor aún se cae de la cama o aparece con los pies en la almohada evita que duerma con su hermano pequeño. Además las camas compartidas con bebés no deben ser nunca compartidas por mascotas, sobre todo perros grandes. Y las primeras semanas el bebé debe dormir al lado “externo”, sólo pegado a mamá, con papá al otro extremo y nunca en medio de los dos adultos. Por supuesto debe haber una barrera protectora entre el bebé y el vacío, una barandilla o la pared son suficientes.

Nosotros no practicamos un colecho estricto, lo que se llama “cama familiar”. El colecho puede hacerse de muchas formas y la nuestra es la cuna en sidecar. Una cuna en sidecar no es más que una cuna normalita pegada a la cama grande y con la barandilla retirada del todo. Si estas es tu opción te cuento cómo fue nuestra evolución. En el principio Ana dormía en su cuna y mamá se pasaba las noches despertándose para darle teta, despertándose porque Ana se movía, despertándose para ver si Ana respiraba…en fin, despertándose contínuamente. Tras unas semanas en este plan empecé a meter a Ana en la cama cuando nos quedábamos solas por la mañana. Y un día decidí que si podíamos dormir así durante el día también podíamos hacerlo durante la noche. Quité la barandilla y las ruedas de la cuna, la “empotré” directamente entre la cama y la pared de forma que fuera imposible que se moviera y por último hicimos unos cuantos agujeros extra en la estructura para que los dos colchones quedaran a la misma altura. Cuando Ana empezó a gatear le quité las patas al somier de mi cama y volví a bajar el colchón de la cuna haciendo más agujeros.

La cuna ha quedado como un queso de Gruyere, pero nosotros desde entonces sólo pasamos malas noches cuando alguno está enfermo. El resto es dormir y soñar.

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