Las matronas en la antigüedad

Un poco de historia nunca viene mal, buceando en Wikipedia encontré este texto:

Debido a la importancia de su labor, se presupone que la mujer que ayuda a otra a dar a luz es una figura que ha existido desde los albores de la civilización humana.

En el Antiguo Egipto, la asistencia al parto estaba reconocida como una ocupación femenina, tal y como queda registrado en el papiro de Ebers, datado entre el 1900 y 1550 Antes de Cristo. Comprende cinco columnas de papiro que tratan sobre ginecología y obstetricia, hablando específicamente de la aceleración del parto y la realización de pronósticos sobre la supervivencia del recién nacido. El papiro de Westcar, fechado en el 1700 A.C. incluye instrucciones para calcular la fecha prevista de alumbramieno, y describe distintos estilos de sillas de partos. Los bajos relieves encontrados en las habitaciones reales en Luxor y otros templos, también atestiguan la importante presencia que profesión tenía la cultura egipcia. En la antigua cultura greco-romana, el oficio de matrona era desempeñado por un amplio número de mujeres, entre las que se incluían aquellas de edad avanzada que continuaban siguiendo la tradición médicas popular en los poblados del Imperio romano, matronas entrenadas cuyo conocimiento emanaba de distintas fuentes, y mujeres con un alto grado de formación que eran consideradas médicos femeninos. Tal y como describe el médico Soranus en el siglo II d.c. en su trabajo Ginecologia, una “buena” matrona tenía que aglutinar las siguientes características: culta, inteligente, poseedora de una buena memoria, amante de su trabajo, respetable y sin ninguna incapacidad que disminuya la percepción de sus sentidos (p. ej. vista, olfato, oído) hasta impedirle realizar su labor, con los miembros intactos, fuerte y, de acuerdo con algunos, con dedos largos y finos que acaben en una uña corta. Soranus también recomienda que la matrona muestre una actitud comprensiva (aunque no es necesario que haya dado a luz) y que mantenga sus manos suaves, con el fin de mejorar la comodidad de la madre y el hijo. Plinio, otro médico contemporáneo, valoraba la pertenencia a la nobleza así como la tranquilidad y la discreción en una matrona. Es difícil encontrar en la antigüedad una mujer que poseyera esta combinación de psique, virtud, habilidad y formación, por lo que parece que en estos tiempos existían tres grados diferentes de matrona. El primero era aquellas mujeres que conocían la técnica; el segundo ampliaba su conocimiento con la lectura de algunos textos sobre obstetricia y ginecología; pero el tercero era un profesional intensamente formado y considerado un especialista médico en la atención a la mujer. Las matronas eran conocidas con diferentes nombres en la antigüedad, como iatrine, maia, obstetrix y médica. A raíz de los hallazgos encontrados, parece que la matrona fuera tratada de forma diferente en el Este del Mediterráneo que en el Oeste. En el este, algunas mujeres superaban la profesión de matrona (maia), siendo consideradas obstetras (iatros gynaikeios), necesitando para ello una formación oficial. Así mismo, aunque en número reducido, existían algunos tratados ginecológicos escritos por mujeres de nombre griego que circulaban entre los círculos médicos. Ateniéndonos a estos hechos, las matronas en el este eran profesionales respetadas que podían vivir de forma independiente y con suficiente reconocimiento social como para publicar trabajos leídos y citados por médicos. De hecho, el estudio de algunas reglamentaciones romanas sugiere que las matronas disfrutaban de estatus y remuneración comparable a la de los doctores masculinos. Un ejemplo de una matrona citada por médicos masculinos es Salpe de Lemnos, quien escribía sobre las enfermedades de la mujer y es mencionada en varias ocasiones en los trabajos de Plinio. Sin embargo, en la parte oeste del Imperio romano, conocemos de la existencia de matronas principalmente de los epitafios funerarios. De los pequeños ejemplos encontrados en estos epitafios, se han sugerido dos hipótesis. La primera es que la profesión de matrona no era ejercida por mujeres nacidas en el seno de familias libre durante varias generaciones. Por lo tanto, parece ser que la mayoría de las matronas eran de origen esclavo. La segunda hipótesis es que, dado que la mayoría de los epitafios describen a las mujeres como manumitidas (esclavas liberadas), se puede presuponer que las matronas eran valoradas, obteniendo suficientes ingresos como para ganarse su liberación. No se ha podido averiguar cuales eran los criterios por los que se seleccionaban las esclavas y se les formaba como matronas. Es posible que las esclavas fueran aprendices enseñadas por sus propias madres. Los deberes reales de la matrona en la antigüedad consistían principalmente en la asistencia durante el parto, aunque también podían ayudar en otros problemas médicos relacionados con la mujer. A veces, la matrona llamaba a un médico que colaboraba con ella si aparecían complicaciones; en la mayoría de los casos, traía dos o tres ayudantes. Matronas y médicos de la antigüedad creían que el parto era más sencillo para la mujer si éste se realizaba en posición sentada. Para esto, durante el parto, las matronas llevaban un taburete a la casa donde se iba a producir el alumbramiento. En el asiento de la silla había un agujero con forma de luna creciente a través del cual el niño nacía. La silla también tenía unos reposabrazos a los que la parturiente se agarraba durante el alumbramiento. La mayoría de las sillas disponían de un respaldo para que la madre empujara contra él, pero Soranus sugiere que, en determinados casos, las sillas no disponían del mismo, siendo una asistente la que se colocaba detrás de ella y la sujetaba. La matrona se ponía enfrente de la paciente, dilatando suavemente y tirando del feto, mientras daba instrucciones a la madre sobre la forma de respirar y de empujar durante las contracciones y las asistentes ayudaban presionando el abdomen de la paciente. Finalmente, la matrona recogía al recién nacido, lo envolvía en un trozo de tela, cortaba el cordón umbilical y lo limpiaba. Al bebé se le salpicaba con sal fina molida, natrón o aphronite, con la intención de secar los residuos del nacimiento, enjabonando seguidamente, volviendo a espolvorear y a enjabonar de nuevo. A continuación, la matrona limpiaba las secreciones de la nariz, la boca, las orejas y el ano. Las matronas eran animadas por Soranus a poner un poco de aceite de oliva en los ojos del niño, con la intención de limpiarlos de residuos, y a colocar una pieza de lana humedecida con aceite de oliva sobre el cordón umbilical. Después del parto, la matrona inspeccionaba al bebé para saber si estaba sano para ser criado. Se cercioraba de que no presentara ninguna deformidad congénita y comprobaba que su llanto era fuerte y sano. Finalmente, la matrona evaluaba las posibilidades de supervivencia del recién nacido, recomendando abandonarlo al aire libre si presentaba deformidades graves.

Un relieve en terracota del siglo II D.C. encontrado en la tumba de Scribonia Attice en Ostian, mujer del médico y cirujano M. Ulpius Amrimnu, muestra con detalle un parto. Scribonia era una matrona y el relieve la muestra realizando un parto, con la paciente sentanda en la silla de partos, agarrándose a los reposabrazos y con una ayudante detrás. Scribonia aparece sentada en un taburete bajo, frente a la mujer y con mirada distraída mientras asiste el parto dilatando y masajeando el cérvix, tal y como aconseja Soranus. Los servicios de una matrona eran caros; este hecho sugiere que las mujeres pobres que no podían pagar a una profesional, frecuentemente tenían que ser asistidas por las mujeres de su familia. Muchas familias ricas tenían sus propias matronas. Sin embargo, la inmensa mayoría de las mujeres del mundo grecorromano recibían los cuidados de manos de matronas contratadas, ya fueran profesionales altamente cualificadas o poseedoras de los conocimientos básicos de obstetricia. Asimismo, muchas familias tenían la oportunidad de elegir entre contratar a una matrona que practicara la medicina tradicional popular o los métodos modernos de asistencia. Como muchas otras cosas en la antigüedad, la calidad de los cuidados ginecológicos recibidos dependía en gran medida del estatus socioeconómico de la paciente. Durante la era cristiana, las matronas en Europa se convirtieron en importantes para la Iglesia, debido a su rol en los bautismos de emergencia, siendo reguladas por la Ley Canónica de la Iglesia Católica Romana. Durante el medievo, el parto era considerado tan arriesgado que la Iglesia pedía a las mujeres embarazadas que preparan sus [mortaja|mortajas]] y confesaran sus pecados por si morían. La Iglesia se refería al Génesis 3:16 como el origen del dolor durante el parto, donde el castigo impuesto a Eva por su desobediencia a Dios es “Multiplicaré los sufrimientos de tus embarazos; darás a luz a tus hijos con dolor. Sentirás atracción por tu marido, y él te dominará”. Un dicho medieval popular era: “Cuanto mejor es la bruja, mejor es la matrona”. Para protegerse contra la brujería, la Iglesia exigía que las matronas recibieran una licencia del obispo y realizaran un juramento por el que rechazaban el uso de magia para ayudar a las mujeres a dar a luz.

[editar] Perspectiva histórica moderna

Durante el siglo XVIII, la división entre cirujanos y matronas creció, como consecuencia de que los médicos empezaran a aseverar que sus procedimientos científicos modernos eran mejores para las madres y los niños que los tradicionales utilizados por las matronas. Si este argumento era o no válido, se puede deducir de la entrada de Justine siegemund, renombrada matrona alemana del siglo 17, cuya Court Midwife (1690) fue el primer texto médico alemán realizado por una mujer. A finales del siglo XVIII en Inglaterra la mayoría de los bebés eran sacados por una matrona, pero a comienzos del siguiente siglo, la mayoría de esos niños eran traídos al mundo por cirujanos. Se ha escrito gran cantidad de estudios que tratan sobre este cambio histórico. Los científicos sociales alemanes Gunnar Heinsohn y Otto Steiger han postulado una teoría por la que la profesión de matrona se convirtió en objeto de persecución y represión por parte de las autoridades públicas, debido a que las matronas no poseían únicamente el conocimiento y la habilidad para asistir a la parturiente, sino que también se encargaban de la contracepción y el aborto. De acuerdo con la teoría de Heinsohn y Stieger, el estado moderno persiguió a las matronas como brujas, en un esfuerzo de repoblar el continente europeo, el cual había sufrido una enorme pérdida de mano de obra como resultado de la peste bubónica (también conocida como la peste negra) que había barrido el continente en diferentes oleadas, empezando en 1348. Ellos interpretan que las cazas de brujas enfocadas como ataque a las matronas y a su conocimiento sobre el control de la natalidad, teniendo un objetivo demográfico en mente. De hecho, después de las cazas de brujas, el número de hijos por madre aumentó de forma significativa, dando nombre a lo que ha sido llamado como la explosión poblacional europea de la era moderna, generando una gran masa de personas jóvenes que permitieron a Europa colonizar grandes partes del resto del mundo. Mientras los historiadores especializados en la caza de brujas se han mostrado críticos con este enfoque macroeconómico y siguen a favor de una perspectiva y explicación a bajo nivel, el prominente historiador sobre el control de la natalidad John M. Riddle ha expresado su acuerdo.

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