El verdadero significado de la enfermedad

A menudo nos conformamos, y lo hacemos porque asumimos como normales cosas que en realidad no lo son.

Artículo tomado de Nace una mamá

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Este post no va a ser muy fácil de escribir, y supongo que tampoco será fácil de leer. Pero hace días que me ronda la cabeza y hay que ponerlo por escrito. Así que aquí va.

Durante varios años estudié shiatsu y medicina tradicional china, que se basa en el principio de que toda enfermedad tiene un origen emocional. Podemos engañarnos a nosotros mismos y decir que estamos bien, pero nuestro cuerpo no miente y refleja la verdadera naturaleza de lo que sentimos. Por ejemplo, los resfriados se suelen producir en  momentos en que necesitamos apartarnos de alguna situación molesta —seamos o no conscientes de ello. Necesitamos un pequeño respiro y nos enfermamos. Podemos decirles a los demás que no se acerquen o les pegaremos el resfriado, y así logramos la distancia que tanto necesitamos. Por fin nos dejan en paz.

Hay un libro imprescindible que ilustra esto muy bien. Se llama La enfermedad como camino, de Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dalhke. Me gustan los libros incómodos y este es uno de ellos. «Todos los síntomas tienen un sentido profundo para la vida de la persona», leemos en la contraportada: «nos transmiten mensajes del ámbito espiritual, y de su adecuada interpretación dependerá nuestra capacidad de recuperarnos».

Si esto es cierto en el caso de los adultos, ¿es lícito suponer que también lo es en el caso de los niños?

Desde que empezó la guardería, mi hijo ha pasado por una bronquiolitis, una infección intestinal y una otitis, y la tos y los mocos no nos dejan en paz. Y así están los hijos de mis amigas, de los conocidos, de la gente que trabaja conmigo, de la farmacéutica y la señora del banco. El otro día  me dijo el pediatra que la solución a los mocos era dejar la guardería: así de sencillo. «Y como eso es imposible», añadió, «no queda más que vivir con ello». Habrá mejorías a las que seguirá una recaída y el ciclo se repetirá una y otra vez, al menos hasta que su sistema inmunológico esté lo suficientemente maduro, me dijo: es decir, según él, alrededor de los tres años.

Pasado el trauma inicial de la primera separación, los niños se «adaptan», se familiarizan con su nuevo entorno y cesan las lágrimas. A mi pequeñín ahora le encanta su guardería, saluda a sus maestras al llegar, se emociona al ver los juguetes en el patio… Y llega a casa repitiendo entusiasmado las nuevas palabras que ha aprendido, los nuevos bailes, las letras (¡nunca imaginé que un bebé de 20 meses sabría identificar la A! Mentiría si dijera que no me lleno de orgullo). En una palabra, se ve contento. Ah, pero entonces llegan los resfriados. La fiebre. La tos. La diarrea. Es normal, hasta que se inmunice, te dicen. A todos les pasa.

Normal, claro. Pero ¿aceptable? ¿No será que no sabemos —o no queremos— leer las señales que emiten los cuerpos de nuestros hijos? ¿No será que los niños tan pequeños sencillamente no están preparados, ni física ni emocionalmente, para la escolarización?

La semana pasada, cuando me llamaron de la guardería para que fuera a recoger a Tobías porque tenía fiebre y diarrea, lo encontré tan apagadito y tan sintiéndose mal que se me encogió el corazón. Ya llevaba días un poco decaído y yo no había querido darme cuenta. Desde entonces se ha quedado en casa y a mí me ha tocado hacer malabarismos para poder ir a trabajar, y si he podido hacerlo ha sido gracias a la ayuda de la abuela y la tía-hada madrina Nadia. Ahora el chiquitín ha vuelto a ser el niño alegre y feliz que siempre ha sido. ¿Pero por cuánto tiempo seguirá así? ¿Qué enfermedad vendrá después?

La enfermedad como caminoDe acuerdo con Laura Gutman, los niños pequeños no tienen una estructura emocional sólida y por eso comparten la de la madre. Esto vendría a significar que reflejan lo que la madre siente. Siguiendo esta idea, podríamos pensar entonces que las enfermedades en los niños pequeños son la manifestación física de algún desequilibrio en su entorno, concretamente en relación con la psique materna. ¿Cómo podemos enlazar esta idea con la que nos sugieren Dethlefsen y Dalhke (que, por cierto, es médico), los autores de La enfermedad como camino? Cito: «La enfermedad es un estado que indica que el individuo, en su conciencia, ha dejado de estar en orden o armonía. Esta pérdida del equilibrio interno se manifiesta en el cuerpo en forma de síntoma […]. El síntoma es, pues, el aviso de que algo falta.»

Entonces, la tos, los mocos, la fiebre de mi niño ¿no están indicando una carencia? Creo que la respuesta es obvia.

No soy una experta y no he encontrado mucha información acerca del verdadero significado de la enfermedad en los niños, pero una cosa tengo clara: si ese es el precio que tengo que pagar para que mi hijo juegue, se divierta y aprenda cosas en la guardería mientras yo voy a trabajar, no quiero pagarlo. No me compensa.

Siento mucho meter el dedo en la llaga, pero alguien tiene que hacerlo. Comprendo que son muchísimas las familias que no tienen otra opción, y no quiero que nadie se sienta culpable. Yo misma no sé cómo voy a hacer, pero una cosa tengo clara: si hay un problema es porque existe la solución, y voy a encontrarla, aunque me lleve tiempo. No quiero pasarme medio año llevando a mi chiquitín a urgencias una semana sí y otra no. Punto. Y creo que si, como sociedad, tuviéramos el valor de interpretar el verdadero mensaje de los síntomas de nuestros hijos, en lugar de hacernos la vista gorda como hasta ahora, comprenderíamos la urgencia de cambiar un sistema que alienta el abandono de los hijos a favor de la empresa.

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