El cuerpo nunca miente

Por Ileana Medina Hernández desde el blog de Tenemos Tetas

“En mi infancia tuve que aprender a reprimir mis emociones espontáneas a las afrentas -reacciones como la rabia, la ira, el dolor o el miedo- por temor a un castigo. Más tarde, en mi etapa escolar, me sentía incluso orgullosa de mi capacidad de autocontrol y de mi contención. Creía que esta capacidad era una virtud, y esperaba verla también en mi primer hijo.
“Sólo cuando pude liberarme de esta actitud me fue posible entender el sufrimiento de un niño al que se le prohibe reaccionar de manera adecuada a las heridas y experimentar su forma de relacionarse con sus emociones en un entorno favorable, para que más adelante, en su vida, en vez de temer sus sentimientos encuentre en ellos una orientación.
“Por desgracia, a mucha gente le ha ocurrido y le ocurre lo mismo que a mí. De pequeños no se les permitió mostrar sus emociones, por lo que no las vivieron y más tarde las anhelaron. En la terapias algunos han conseguido encontrar sus emociones reprimidas y vivirlas, con lo que éstas se han transformado en sentimientos conscientes que la persona puede entender desde su propia historia, y ya no necesita temer. Sin embargo, otros han rechazado este camino porque no han podido o no han querido confiar a nadie sus trágicas experiencias. Son los que en la actual sociedad de consumo se encuentran como en casa.
“Es de buen tono no mostrar los sentimientos salvo en un estado excepcional, el producido tras el consumo de alcohol y drogas; de lo contrario, lo que gusta es ridiculizar los sentimientos (los ajenos y los propios). El arte de la ironía suele estar bien remunerado en el mundo del espectáculo y el periodismo; es decir, que incluso es posible ganar mucho dinero desde la supresión efectiva de los sentimientos.
“Es más, cuando uno, al fin, corre el peligro de perder por completo el acceso a sí mismo, de no funcionar más que con la máscara, con una personalidad falsa, recurre a veces a las abundantes drogas, alcohol y medicamentos que, precisamente con todo el dinero que ha ganado ironizando, tiene a su alcance. El alcohol ayuda a estar de buen humor, y las drogas, aún más fuertes, logran mayor eficacia. Pero como estas emociones no son auténticas, como no están ligadas a la verdadera historia del cuerpo, su acción es, a la fuerza, transitoria. Siempre se necesitan dosis más altas para llenar el hueco dejado por la infancia. “

Estoy leyendo El cuerpo nunca miente, el tercer libro que cae en mis manos de la psicóloga y filósofa  norteamericana de origen polaco Alice Miller, publicado en España por la potente colección de Ensayos Tusquets.


Los “gurús” más conocidos en el mundo de la crianza con respeto son el pediatra español Carlos González y la psicoterapeuta argentina Laura Gutman, pero Alice Miller junto a Casilda Rodrigañez van mucho más allá, son las dos “bestias negras”, las dos grandes sabias que enlazan la cuestión de la crianza y la maternidad con los eternos problemas filósoficos, psicológicos y antropológicos de la especie humana, dando respuesta a las grandes preguntas existenciales del hombre en todos los tiempos.

Su lectura no es facilona ni apta quizás para todos los públicos pero, si estás en el momento vital adecuado, Alice Miller te abrirá los ojos para siempre.

Alice Miller ha sido considerada “la escritora que revolucionó la psicología infantil” pues su teoría sobre el maltrato infantil como origen de las neurosis y de las enfermedades, inició una cruzada imparable en contra del maltrato y de la “pedagogía venenosa” que domina todavía hoy día en la mayoría de las familias y las instituciones. Al principio chocó con la oposición de muchos de sus colegas, hoy en día pocos discuten el meollo de sus hipótesis, y sus libros han vendido muchos millones de ejemplares a lo ancho de todo el mundo.

La historia de la humanidad es la historia de seres maltratados en su infancia.

Todos lo hemos sido en mayor o menor medida, pues en la sociedad patriarcal el dominio y la explotación ha comenzado por la cuna. A lo largo de toda su obra, Alice Miller nos muestra que el maltrato infantil produce no solamente niños desgraciados, adolescentes destructores y padres que a su vez maltratarán, sino también una sociedad completa extremadamente violenta, que enmascara y oculta el verdadero origen de esa violencia a la vez que lo perpetúa generación tras generación. La violencia ejercida sobre los niños conduce a la violencia global.

A lo largo de todos sus libros, Alice Miller ha investigado cómo la crueldad sufrida en la infancia es la clave para entender la conducta de grandes dictadores genocidas como Adolf Hitler, Stalin, Mao, Napoleón, Milosevic o Saddam Hussein, que humillados y mutilados en su infancia proyectaron el odio hacia sus propios padres convirtiéndolo en odio a la humanidad en su conjunto.

Y también es clave para comprender las vidas desgraciadas de grandes creadores que murieron jóvenes y padecieron largas enfermedades, como Dostoievski, Chéjov, Kafka, Nietzche, Schiller, Virginia Woolf, Arthur Rimbaud, Marcel Proust o Yukio Mishima. Alice Miller se adentra en las biografías de estos “grandes hombres” para descubrir en ellos las huellas del maltrato en sus infancias.

Concretamente en este libro, El cuerpo nunca miente, Alice Miller explica cómo nuestra memoria y nuestra conciencia puede olvidar esos malos tratos, pero no los olvida nuestro cuerpo: “Todavía hoy, a menudo se afirma que los niños no sufren ningún daño cuando se les pega, y son muchas las personas que creen que su propia vida es una muestra de dicha afirmación. Podrán creer esto mientras permanezca oculta la relación que existe entre las enfermedades que padecen en la vida adulta y los golpes recibidos en la infancia”.

Así, hace encajar en el puzzle de la vida importantes ideas que suelen aparecer por separado:

-Las enfermedades tienen un origen psicosomático, emocional. La mente y la conciencia olvidan, pero no el cuerpo. Nuestro cuerpo guarda memoria absolutamente de todo lo que ha vivido alguna vez. Lo que nuestra memoria olvida se va al inconsciente y se convierte en sombra, en ira, en violencia, en depresión y en enfermedades de todo tipo.

-Ese origen emocional está anclado en la infancia, cuando nuestro sistema emocional está en formación y nuestras emociones fueron negadas repetidamente, ya sea a través de violencia física, o a través de las diferentes formas de “pedagogía venenosa” que niega las necesidades afectivo-emocionales de los niños: “no llores”, “no protestes”, “no te enfades”, “obedece”.

-Uno no puede hablarle al cuerpo de preceptos éticos. Su funciones, como la respiración, la circulación, la digestión, reaccionan sólo a las emociones vividas y no a preceptos morales. El cuerpo se ciñe a los hechos. El cuerpo habla lo que la moral oculta.

-El cumplimiento a ciegas del cuarto mandamiento “Honrarás a tu padre y a tu madre” ha traído mucho sufrimiento. No se puede honrar a los padres, cuando éstos han abusado de su poder, sino al precio de la enfermedad. La veneración incondicional de los padres puede traer trágicas consecuencias. El mismo Moisés fue un niño abandonado.
-La religión y el concepto de Dios está relacionada con las vivencias infantiles y con el tipo de autoridad que tuvimos que obedecer desde pequeños.

-La mayor parte de los terapeutas están incapacitados para buscar el verdadero origen de las dolencias de sus pacientes, dado que ellos mismos están atrapados y nunca han revisado sus propias infancias. Así estamos todos encerrados en el mismo “matrix” del cuarto mandamiento.

-El cuerpo se pasa la vida entera buscando el alimento que con tanta urgencia necesitó en la infancia pero que nunca recibió: “Un niño, cuando nace, necesita el amor de sus padres, es decir, necesita que éstos le den su afecto, su atención, su protección, su cariño, su tiempo, sus cuidados y su disposición a comunicarse con él. Equipado para la vida con estas virtudes, el cuerpo conserva un buen recuerdo y, más adelante, el adulto podrá dar a sus hijos el mismo amor. Pero cuando todo esto falta, el que entonces era un niño mantiene de por vida el anhelo de satisfacer sus primeras funciones vitales; un anhelo que de adulto proyectará sobre otras personas. Por otra parte, cuanto menos amor haya recibido un niño, cuanto más se le haya negado y maltratado con el pretexto de la educación, más dependerá, una vez adulto de sus padres o de figuras sustitutivas, de quienes esperará todo aquello que sus progenitores no le dieron de pequeño. Esta es la reacción natural del cuerpo. El cuerpo sabe de qué carece, no puede olvidar las privaciones, el agujero está ahí y espera ser llenado.”

Para Alice Miller, el cuerpo es nuestra última esperanza. Podemos refugiarnos en la moral, las costumbres, el cinismo, la ironía, la filosofía, la literatura, las drogas o los medicamentos. Podrá permanecer oculta la verdadera lacra de la humanidad a los ojos de todo el mundo, pero el cuerpo habla. Por eso hay tanta resistencia a reconocer el origen emocional de la enfermedad. Pero ahí está. Él tiene la última palabra.

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El escritor español Jesús Ferrero habla sobre Alice Miller:

Un niño castigado y humillado en nombre de la educación interioriza muy pronto el lenguaje de la violencia, y lo interpreta como el único medio de comunicación eficaz”, dice Alice Miller en el último capítulo de “El origen del odio”: un libro de engañosa transparencia, que sólo tiene un defecto: el haber recurrido a narraciones demasiado simplificadas y llenas de omisiones, transmitidas por sus pacientes y luego reelaboradas por ella misma, para avalar una tesis que nadie, en su sano juicio, va a revocar, y que se puede resumir así: la violencia en la infancia es un asunto determinante, sobre todo porque cuando es una violencia insoportable, con abusos sexuales incluidos, tendemos a olvidarla. Pero es entonces cuando ese dolor (olvidado) se convierte en la sustancia camuflada y envenenada que modifica por completo nuestra personalidad, haciéndonos tributarios de lo que hemos negado y convirtiéndonos en víctimas de nuestra propia anestesia.

Bien es cierto que, como asegura Alice Miller, “la importancia de la infancia en la vida del adulto sigue siendo discutida, incluso en determinados círculos médicos”, pero uno tiende a pensar, como la señora Miller, que quienes la niegan o la discuten es porque tienen con su infancia “todo un problema”, en el que hemos de incluir una buena dosis de olvido.

Decía Eliot en uno de sus mejores poemas que “el género humano no soporta demasiada realidad”. Verso que podría ilustrar la tesis de Miller y la actitud de los que todavía niegan la infancia como época fundamental en la que se llevan a cabo todas las determinaciones del ser que vamos a ser.

Asombra que una cultura como la occidental, con más de tres mil años de historia, tenga tantos agujeros negros en su forma de educar y moldear, asombra la falta de luz, incluso ahora, sobre los primeros y más fatídicos estadios de la vida. Pero, como dice Alice Miller, hay que atreverse a asumir una información que nos ocultamos a nosotros mismos bajo una capa de hielo, hay que exponerse, al menos en determinados casos, “al dolor de la propia historia”.

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